El cuarto poder

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Pedro Vera
Martes, 02 de Octubre de 2012 12:21
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Sin duda el gobierno se enfrenta a un reto colosal al pretender convencernos de que, en contra del sentido común, para preservar el estado del bienestar lo que hay que hacer es reducir los derechos que lo definen y, más difícil todavía, cuando en los países en los que estas políticas se han llevado a la práctica sólo se ha conseguido avanzar en la pobreza y la conflictividad social. Al servicio de tal propósito cobra una particular importancia el control de los medios de información o del "Cuarto Poder", como en los años de la Revolución Francesa denominó a la prensa el político irlandés Edmund Burke, previendo el estatus que con el paso del tiempo llegaría a alcanzar.

Por todo ello, y un tanto autorreferencialmente, la manipulación informativa es un tema de plena actualidad. Su estudio, en la forma en que hoy lo conocemos, se abordó a finales de los noventa, cuando la descarada concentración de empresas del sector, la participación interesada de las administraciones públicas en el negocio de la información y los vínculos entre estas empresas e importantes e influyentes grupos económicos y políticos fueron denunciados como amenazas a la calidad democrática de las sociedades modernas, según lo reconocía la propia Comisión Europea al otorgarles un rol central en el desarrollo y transmisión de valores sociales.

La publicación en 2007 de "La Doctrina del Shock", del que es autora la periodista canadiense Naomi Klein, las actividades en España del colectivo "Tres y Un Perro" o la extensa obra de Noam Chomsky, profesor emérito del MIT, son algunas de las aportaciones relevantes que han contribuido a explicar en detalle los múltiples y complejos mecanismos que se ponen en juego en los procesos de manipulación informativa, mecanismos en los que, además de utilizar los avances en campos como la neurobiología o la psicología aplicada, se presiona a los propios profesionales de los medios de información dada la precariedad laboral en la que viven y la discrecionalidad de la que con frecuencia dependen sus salarios, para ejercer un control casi absoluto. Tampoco la cultura, el arte o el deporte son ajenos al uso instrumental de sus personajes más emblemáticos para influir en la opinión pública al servicio de intereses no declarables. Ni siquiera es invulnerable a este fenómeno el espacio para la información y comunicación que constituye internet, en el que parecen mezclarse modas, ideas y símbolos para promover sentimientos efímeros de pertenencia y conferirles el carácter de artículos de consumo compulsivo.

Quedan lejos los tiempos en los que la profesión de periodista era ejemplo creíble de independencia, sentido del deber y compromiso social, como en los 50 la interpretaba magistralmente Humphrey Bogart en la película "El Cuarto Poder" o como ahora mismo demuestra el fracaso de audiencia de la serie "The Newsroom". Lástima.

 

(Artículo publicado en el Diario Levante - El Mercantil Valenciano el pasado 23 de septiembre de 2012)